Productividad y atención

Cerebro podrido: la pandemia invisible que transforma el trabajo

Ibson Junior: Cerebro podrido: la pandemia invisible que transforma el trabajo

Entre reuniones placebo y el multitasking tóxico, el desperdicio de capital humano ya cuesta miles de millones. No falta esfuerzo en las organizaciones; falta profundidad en las decisiones.

El otro día, me sorprendí pensando en un momento específico de mi adolescencia. Una época en que los celulares apenas hacían y recibían llamadas y la internet todavía era algo restringido, accedida por línea telefónica, muchas veces en horarios específicos, porque el teléfono fijo quedaba ocupado y los minutos costaban caro. Poca gente tenía acceso, y quien lo tenía sabía que estaba viviendo algo nuevo, aunque sin entender completamente en qué se convertiría aquello. Antes incluso de que el MSN Messenger formara parte de la rutina de mucha gente, mi primera experiencia real de comunicación online pasó por ambientes como el mIRC, un cliente de Internet Relay Chat que, para quien lo vivió, era casi un universo aparte. No había interfaz amigable, ni recomendación automatizada. Había canales, comandos, ensayo y error. Y, además de las conversaciones en tiempo real, ya era posible compartir archivos directamente entre usuarios, incluso música, de forma manual. Entrar, interactuar, descargar algo, todo exigía intención. Estar online no era un estado permanente. Era una elección.

Mientras la vida analógica seguía en otro ritmo, con otro tipo de presencia, el compartir archivos empezó a ganar nuevas formas. Napster surgiría después como el servicio que llevó el compartir música al gran público, organizando y escalando algo que antes era más manual y fragmentado. La simple tarea de descargar archivos en MP3 todavía podía tardar horas, pero ahora había una sensación clara de que aquello estaba creciendo. A continuación, otras plataformas ampliaron ese movimiento, como Kazaa, 4shared y, más tarde, uTorrent, cada una contribuyendo a volver el acceso más distribuido, rápido y escalable. Nada era instantáneo. Cada descarga cargaba un costo real de tiempo y atención.

Y, en medio de esa evolución, el ICQ transformaba cada nuevo mensaje en un pequeño evento con su sonido característico, mientras el MSN Messenger consolidaba una nueva capa de interacción. Ahí, no era solo conversar. Era construir una presencia. El nickname se volvía identidad, el campo de estado funcionaba casi como un microblog personal, las frases eran pensadas para comunicar estado, humor o indirectas. Cuando alguien entraba, un globo surgía como un pop-up avisando que aquella persona estaba online. Los emojis empezaban a tener más sentido, usados con intención para complementar lo que el texto no decía solo.

Esperar por las cosas era algo mucho más normal, y, mucho antes de que esa dinámica más continua de comunicación se consolidara, el tiempo en las pantallas era regulado, en mi caso, por el Tamagotchi, un “bichito virtual” que andaba con uno y que necesitaba ser cuidado por medio de una pantallita LCD. Como si fuera un animal de compañía, tenía hora para comer, jugar y dormir. A pesar de la evolución tecnológica ya existente, el mundo virtual todavía era una elección consciente, un estímulo accionable: yo decidía cuidar del bichito, entrar a internet para hablar con los amigos y necesitaba seleccionar qué consumiría mi tiempo. Del mismo modo, yo simplemente salía de internet cuando quería. Hoy, prácticamente nadie “sale” de internet.

Esa memoria me llevó a una pregunta que no consigo ignorar: ¿cuándo perdimos ese control? ¿Cuándo nuestras mentes dejaron de ser enteras y presentes, volviéndose tan fragmentadas y dispersas?

El problema nunca fue la tecnología en sí. El problema es que, sin darnos cuenta, dejamos de gobernar nuestra atención y pasamos a tercerizarla a sistemas diseñados para capturarla. Y cuando eso sucede, no es apenas el tiempo lo que se pierde. Es la calidad de las decisiones la que empieza a deteriorarse silenciosamente.

Lo que está siendo secuestrado no es apenas tu tiempo. Es tu capacidad de decidir con claridad.

La evolución digital no ocurrió en ruptura, sino en dosis. Desde la internet de los primeros años hasta los smartphones, redes sociales, notificaciones permanentes y el scroll infinito al que estamos presos, cada etapa parecía apenas una actualización de lo que ya existía. Y fue justamente por eso que nadie percibió cuándo las dosis homeopáticas se volvieron dosis de caballo. La adicción se instaló sin aviso y la dependencia llegó vestida de progreso. Ante la fatiga general, las personas se refugian en la nostalgia: la generación que no vivió los años 1990 está obsesionada con los años 1990. Series como Stranger Things crearon una nostalgia por un mundo sin celular, los jóvenes vuelven a comprar cuadernos, lapiceras, CDs.

La pandemia de la dependencia digital no respeta fronteras entre lo personal y lo profesional y nos está agotando por completo. Peor: estamos más superficiales, menos creativos y perdiendo profundidad en las decisiones que tomamos, en los vínculos que formamos. ¿Cómo podremos llevar a la humanidad adelante, pensar y llevar a cabo tantos planes, si nuestros niveles de atención, aprendizaje y empatía están siendo directamente impactados por esto?

Hombre y mujer rodeados de íconos de aplicaciones y notificaciones, simbolizando la dependencia digital entre vida personal y profesional. Ilustración del artículo de Ibson Junior sobre cerebro podrido (brainrot) y atención.

El día no está lleno, nos fue arrebatado

Lo que está en juego aquí no es gestión del tiempo. Es gobernanza de la atención. Y, cada vez más, esta será una de las principales variables que diferencian a las organizaciones que apenas operan de aquellas que realmente deciden bien.

Agendas saturadas. Comunicación constante. Muchas reuniones, múltiples calls y pantallas. Hay una presión implícita para estar ocupado, sin que eso signifique estar produciendo. Herramientas que prometen productividad multiplicada dan la falsa sensación de que podemos con todo en menos tiempo, pero la sensación creciente es de que algo esencial está siendo perdido. No es una impresión aislada, sino un patrón de descontrol.

Como si no bastara, los KPIs de desempeño también se multiplicaron, pero muchos de ellos llaman performance a aquello que no tiene profundidad.

Con el enorme volumen de estímulos, padecemos de ausencia de filtro. La cantidad de información no sería un problema si lográramos identificar y decidir qué merece atención, qué merece respuesta y qué merece ser descartado. El problema empieza cuando ese filtro es desactivado, gradualmente, por un sistema diseñado exactamente para eso. Las plataformas digitales no son herramientas neutrales, sino arquitecturas de captura. Cada notificación, cada scroll, cada video que aparece justo después del anterior es el resultado de algoritmos optimizados para una única métrica: el tiempo gastado dentro de la plataforma. Y esto está también dentro de los softwares y aplicaciones que usamos para trabajar mejor o incluso para medir la productividad. Pero ¿esas medidas son fidedignas?

El tiempo gastado no es sinónimo de tiempo invertido. Hacer más no es sinónimo de rendir más. Estar en múltiples conversaciones no significa contribuir con ellas. Recibir información no es lo mismo que asimilar. Ocupamos el tiempo con más intensidad que nunca, pero decidimos todo con mucha menos conciencia de la que deberíamos.

Existe un mecanismo claro detrás de esto, aunque poco nombrado en las organizaciones: la captura constante de la atención fragmenta el pensamiento; el pensamiento fragmentado reduce la profundidad; la pérdida de profundidad compromete la calidad de la decisión; y las decisiones frágiles, cuando se acumulan, deterioran cultura, ejecución y resultado. Lo que parece apenas un problema de distracción es, en la práctica, un problema estructural de gobernanza.

La atención dejó de ser apenas un recurso individual. Se volvió un activo organizacional, todavía no reconocido como tal, pero ya determinante para la calidad de las decisiones y para la consistencia de la ejecución.

Hipnosis del scroll: el sábado que no pausa y el lunes que nunca acaba

La persona pasa el día entero bajo presión, repleta de demandas, reuniones, entregas. Llega el momento de pausar. ¿Y qué sucede? Agarra el celular, abre Instagram o TikTok, hace scroll en el feed y cree, genuinamente, que está descansando. Esa es la hipnosis del scroll. La ilusión de que el estímulo continuo puede funcionar como pausa. Solo que lo que sucede en el cerebro durante ese proceso no es descanso, sino activación continuada.

La corteza prefrontal sigue operando y el sistema de recompensa sigue disparando dopamina. La mente no descansó, apenas cambió de pantalla. Así sucede también en nuestros días libres. La persona vuelve al trabajo el lunes, pero parece que no tuvo fin de semana. La capacidad cognitiva ya está exhausta por los primeros estímulos del día y, cuando llega el momento de hacer algo realmente relevante, la disposición ya no está ahí. Nuestras sinapsis están secuestradas. Es como si hubiera siempre una granada silenciosa, con la anilla ya quitada, insípida e inodora lo suficiente para que nadie la perciba.

La ciencia comprueba que el llamado multitasking, o cerebro multitarea, es una ilusión. Según investigadores de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), el cerebro humano no logra ejecutar dos tareas cognitivas simultáneamente. Lo que sucede ante los diversos estímulos es un cambio rápido de atención entre una tarea y otra. El costo de esto, sin embargo, es medible: un estudio del Journal of Experimental Psychology demostró que alternar entre actividades puede consumir hasta el 40% del tiempo productivo de una persona, justamente por causa de la carga cognitiva de reorientar el foco en cada cambio.

El resultado es lo opuesto de la productividad: la sobrecarga cognitiva afecta toda la actividad profesional y el propio tejido de la comunicación, de la cultura y de las decisiones de la empresa, en todos los niveles.

Infografía del artículo de Ibson Junior sobre brainrot corporativo: el multitasking organizacional cuesta USD 450.000 millones al año y hasta el 40% de la productividad, según estudio de la consultora Realization con 45 empresas.

Brainrot corporativo: los impactos de las reuniones placebo y de la atención fragmentada

Me gusta mucho el término Brainrot, literalmente “pudrición del cerebro”, que fue elegido por la Oxford University Press como la palabra del año en 2024 justamente por describir lo que sucede cuando las personas consumen continuamente una serie de contenidos que deterioran la capacidad de mantener la atención, tolerar el aburrimiento, leer un texto largo. En suma, impiden la concentración en cualquier cosa que exija esfuerzo mental sostenido. Lo que pocas personas saben es que el desdoblamiento de esto para las organizaciones va más allá de aquel que, para mí, es siempre el peor de todos: el sacrificio del capital humano. El “cerebro podrido” es un fenómeno sistémico que tiene impactos directos en aquello que buena parte de los liderazgos considera siempre como parámetro mayor: el dinero.

Una de las pruebas de esto está en un estudio de la consultora Realization, que analizó 45 grandes empresas en todo el mundo, y estimó que el multitasking organizacional cuesta más de USD 450.000 millones al año en productividad perdida. Y más: el estudio también mostró que el problema suele pasar desapercibido porque todos siempre parecen ocupados y, por lo tanto, deben estar rindiendo bien. En la práctica, sin embargo, gran parte del tiempo se gasta alternando entre tareas sin concluir ninguna.

Quien no gobierna la propia atención pasa a operar sobre prioridades que no eligió. Ese es el efecto de la falta de control sobre la propia mente, las propias elecciones.

En la vida corporativa, se suman a estos los impactos del exceso de reuniones placebo. Rituales que deberían ser correos. Correos que deberían ser mensajes directos. Una comunicación prolija que aumenta el ruido sin aumentar la claridad. Ya lo vi de cerca: reuniones estratégicas con stakeholders donde nadie logra hablar porque hay demasiada gente al mismo tiempo; donde quien habla no encuentra atención porque los demás están en la segunda pantalla o simplemente demasiado acelerados; donde nadie realmente escucha, pues todos están reaccionando a estímulos paralelos. Y, al final, viene la recomendación que vuelve las cosas cristalinas: “quien se lo perdió puede ver el call después.” Todo conspira para llenar aún más el backlog de quien ya vive en busca del tiempo perdido.

Este no es apenas un problema de eficiencia. Es un problema de comando. Cada reunión innecesaria redistribuye atención, diluye prioridad y debilita la claridad sobre lo que realmente importa. Al final, no se trata de exceso de comunicación, sino de pérdida de dirección.

Infografía del artículo de Ibson Junior sobre el costo invisible de las reuniones improductivas: USD 259.000 millones al año en Estados Unidos y el impacto de la diversidad generacional, con base en una investigación de la London School of Economics (LSE).

En octubre de 2024, investigadores de The Inclusion Initiative, de la London School of Economics (LSE), publicaron un relevamiento con más de 3.400 profesionales y llegaron a un número difícil de ignorar. Las reuniones improductivas cuestan a las empresas norteamericanas USD 259.000 millones al año. En el Reino Unido, las pérdidas son del orden de £50.000 millones. Más de un tercio de todas las reuniones corporativas son consideradas improductivas por los propios participantes.

En la cúspide de la pirámide, la situación no es muy diferente, apenas más sofisticada y difícil de nombrar. Es obvio que ningún ejecutivo, más aún en el C-Level, puede venir impunemente a hacer público que asume su propio brainrot. Sin embargo, según una investigación de la Harvard Business Review con 182 gestores sénior de diferentes sectores, el 65% de ellos afirma que las reuniones les impiden concluir su propio trabajo, y el 71% las clasifica como improductivas e ineficientes.

La presencia no significa decisión. El movimiento no siempre es avance. Cuando falta esa claridad, el tiempo deja de ser agenda y pasa a ser campo de disputa y de control.

Secuestradora de sinapsis: ¿inteligencia o urgencia artificial?

Estamos llegando al punto más irónico de esta gran pandemia de la saturación digital. Aquel momento que, de cierta forma, cierra el ciclo. Mientras las personas perdían progresivamente la capacidad de concentración, de profundidad, de permanencia en la incomodidad creativa, surgió una herramienta que promete resolver todo eso con un prompt. Lo que observo es que la inteligencia artificial, que debería ser una herramienta de apoyo, está pasando a ser utilizada como atajo definitivo para el pensamiento.

Me causa aprensión percibir que la IA sea implantada con entusiasmo y hasta como imperativo dentro de las empresas como una solución mágica para reducir el trabajo de 10 personas, hecho por una sola persona, en apenas 10 minutos. Parece económico y racional, ¿no? Pero ¿a qué costo real? ¿Esas soluciones, conclusiones y nuevas ideas se sostienen en el tiempo o solo economizaron, en la superficie, algunos billetes en aquel momento? ¿Cuáles son las métricas, al fin? ¿Están midiendo resultados e impactos reales o apenas haciendo una gincana? La herramienta puede, sí, potenciar el pensamiento, pero cuando el pensamiento es superficial, ella apenas amplía la superficialidad con más eficiencia.

Esto crea un riesgo silencioso en las organizaciones: las decisiones empiezan a tomarse con base en respuestas rápidas, y no en razonamiento profundizado. La velocidad pasa a simular inteligencia. Pero, sin densidad, apenas acelera errores a escala.

Si no se usa con inteligencia humana y sentido crítico, la IA apenas acortará el razonamiento, reducirá la autoría y creará dependencia cognitiva para tomar decisiones de impacto humano. Esas pueden ser consecuencias desastrosas en los ámbitos individual y colectivo.

No se trata de criticar la innovación ni de predicar una vuelta al pasado, ya que la IA puede ser una gran aliada para quien sabe conducirla. Lo que me preocupa es observar cuánto cayó el nivel de exigencia. Todo empieza cuando el ChatGPT entrega una respuesta, la persona la acepta. Entrega otra, la persona la acepta de nuevo. Solo que rápidamente, todo se vuelve automático. El instinto de cuestionar, presionar y refinar desaparece junto con los músculos cognitivos que dejaron de ser entrenados. Es ahí donde la inteligencia artificial pasa a engañar con facilidad a aquellos que ya desistieron de pensar con profundidad.

Estamos en la era en que la atención deja de ser apenas un estado mental para volverse un activo económico escaso, disputado, explotado y, cada vez más, estructurado como moneda para un sistema que degrada la capacidad de usarla. En ese contexto, la decisión que depende de atención calificada pasa a ser directamente impactada: se decide más rápido, pero con menos profundidad. Se gana velocidad, se pierde densidad. Y cuando la velocidad se vuelve el valor dominante, lo que se deteriora no es apenas la calidad de la decisión, sino el propio protagonismo humano sobre el acto de pensar.

Lo que necesita volver al centro

El artículo que estás leyendo no está en contra de la tecnología, ni en contra de las redes sociales, o incluso del celular. El punto que me gustaría resaltar es la falta de claridad sobre cómo usar todo esto a nuestro favor, sin perjudicar nuestras capacidades cognitivas y nuestra firmeza para tomar decisiones. Por trabajar diariamente, no apenas liderando, sino colaborando con muchas personas en operaciones corporativas, no percibo falta de esfuerzo. La gran cuestión está en el direccionamiento de los esfuerzos y en la normalización de la reactividad, en el exceso de activación sin profundidad y en la confusión entre ocupación y construcción.

Si están mal programadas, las mejores máquinas apenas trabajan a la deriva, en un gran desperdicio de ingeniería. Nuestros cerebros no pueden volverse elefantes blancos en desuso en las salas de decisión, tampoco podemos volvernos rehenes de las herramientas que el cerebro humano creó. Tal vez el propio conflicto de generaciones pueda traernos algunas pistas sobre cómo entrenar nuestros cerebros para mantener nuestras capacidades intactas: si la generación Z está, paradójicamente, siendo la más consumida y la que más busca respuestas en el mundo analógico, ¿por qué no podemos nosotros? Los más jóvenes están buscando escribir a mano, habilidad que nunca desarrollaron, por percibir que la memoria necesita entrenamiento manual. No de forma unánime, pero con una velocidad de despertar que las generaciones anteriores no tuvieron. ¿Serán ellos, las generaciones siguientes, las que van a desenchufarnos, aunque sea parcialmente?

El liderazgo contemporáneo exige una síntesis rara: la capacidad de integrar la perspectiva histórica, la agilidad del presente y la visión anticipada del futuro. El cuello de botella de las organizaciones modernas ya no es el acceso a la tecnología o a la información, sino la crisis de la atención.

La productividad y la calidad de la decisión ya no son cuestiones de gestión del tiempo, sino de gestión de la energía cognitiva. Esa transición exige que la gobernanza de la atención sea tratada como un nuevo KPI estratégico, sobre los cuales necesitamos reflexionar y crear con base en la realidad y en el futuro que queremos crear.

La lucidez del liderazgo necesita manifestarse en la habilidad de combatir la fatiga de decisión, reconociendo que la energía cognitiva es un recurso finito. Al institucionalizar períodos de silencio digital y sustituir reuniones de alineación por comunicaciones asincrónicas, el liderazgo reduce la urgencia artificial y preserva la claridad de intención para lo que es verdaderamente estratégico. El futuro del trabajo, por lo tanto, no será definido por las herramientas, sino por la capacidad del liderazgo de actuar como guardián del capital intelectual, transformando la empresa en un ambiente donde el pensamiento de calidad es protegido para garantizar la perennidad y la innovación del negocio.

Lo que más me inquieta no es solo dónde estamos, sino hacia dónde nos está llevando esto. ¿En qué momento dejamos de usar la tecnología y pasamos a ser conducidos por ella? ¿Será que todavía estamos en el control o ya fuimos, de alguna forma, enchufados a un sistema que disputa nuestra atención todo el tiempo sin que lo percibamos? Yo, particularmente, quiero creer que todavía hay tiempo de invertir esa lógica. Que se puede salir del consumo automático, de la dopamina barata, y retomar un nivel mayor de protagonismo sobre lo que pensamos, decidimos y construimos.

Para concluir esta reflexión, te invito a responderme con sinceridad. De acuerdo con tu experiencia, en ambientes que disputan atención todo el tiempo, ¿qué sigue siendo conducido por intención real? ¿Qué ya pasó a operar apenas por captura, hábito y reacción? ¿Y cómo crees que podemos cambiar esto de modo sistémico?