El tiempo es un océano
El tiempo no hunde a nadie. Lo que hunde es navegar sin dirección.
Llegamos al final de 2025 con aquella sensación que parece volverse más fuerte a cada ciclo: la de que el tiempo pasa demasiado rápido y que no fue posible realizar todo lo que quisiéramos. He observado esa percepción repetirse en conversaciones con líderes, equipos y profesionales de diferentes contextos. Dependiendo de la audacia contenida en la listita de metas de hace un año, hasta podemos sentirnos culpables o avergonzados, aquejados por una frustración sofocante para muchas personas. Es la paradoja del peso y del vacío por todo lo que quedó faltando. En esos momentos, queda evidente que la gestión del tiempo es uno de los temas más relevantes de la contemporaneidad, tanto en la vida corporativa como en nuestras individualidades. Al fin y al cabo, el tiempo es un activo escaso, aunque muchas veces no le demos el debido valor.
En el cierre de un ciclo más, surge una pregunta silenciosa que atraviesa a mucha gente: ¿adónde fue mi tiempo? La sensación es difusa, pero recurrente, de que los días pasaron demasiado rápido y de que el control se escapó por las rendijas de la rutina. Es en ese contexto que lo cotidiano se revela. Son las seis de la tarde y la impresión es de que nada avanzó como debería. Procrastiné, me perdí o pasé el día entero dependiente de acciones de terceros, lo que acaba rompiendo el flujo y la continuidad. El problema del tiempo no es apenas individual, sino también cultural y sistémico. Siempre me pregunto si estamos viviendo el presente o presos a un estado permanente de desequilibrio, apesadumbrados por el pasado y ansiosos por el futuro. Más que eso, ¿por qué es tan frecuente ese sentimiento de falta de control sobre nuestro propio workflow?
Un solo día tiene 24 horas y 1440 minutos. ¿Cuántos minutos, a lo largo de este año, pasamos absorbidos por la distracción, por la angustia de elegir qué hacer o por la sensación traicionera del FOMO, Fear Of Missing Out (expresión en inglés para el miedo a estar perdiéndose algo)? Mientras escribo este artículo, ¿cuántas veces paré para hacer scroll en mi celular, entrar en las redes sociales o verificar una notificación que podría haber esperado? ¿Cuántas reuniones de 90 minutos podrían haber sido un correo para leer en cinco? ¿Cuánto tiempo de esas reuniones pasamos realmente en atención plena? Y lo más curioso es que, al final del día, la sensación no es de realización, sino de agotamiento. El tiempo funciona como el sol de nuestras vidas, orbitamos en torno a él. Pero ¿logramos hacer algo que no sea simplemente girar?
Con la acumulación de compromisos típicos de fin de año, como cierres apresurados, reuniones de última hora, balances, exigencias cruzadas entre áreas y las propias fiestas de la empresa, todo va volviéndose más agotador, pero el trabajo todavía necesita ser entregado, culminando en aquello que los mayores síntomas de diciembre quieren mostrarnos: los resultados de la falta de planificación, del exceso de demandas de última hora y de las falsas urgencias es muy negativo. El caos de diciembre rara vez es sorpresa, casi siempre es consecuencia. El mal diálogo entre áreas con prioridades distintas como Comercial, Financiero, Marketing y Operaciones contribuye a que las cosas exploten en el último minuto, dejando claro que las prioridades de la empresa estaban perdidas de vista. Falta visión del todo y no hay prioridades claras. ¿Y ahora? Si los problemas de todo mes o toda semana se acumulan hasta volverse una avalancha de pendientes, la sobrecarga resultante puede amputar la cultura.
Deberíamos estar aprovechando este diciembre tanto para cerrar el ciclo como para entender si estamos preparados para lo que viene. O si va a ser solo un año más de sorpresa tras sorpresa.
Selectividad: con quién y con qué debemos gastar nuestro tiempo
En el trabajo presencial, suele ser difícil desviarse de los colegas que solo aparecen por interés, con un halago artificial. Esas personas consumen nuestro tiempo y es importante identificarlo lo más rápido posible, evitando intercambios y compartires que no llevan a ningún lugar y limitando ese contacto a lo esencial. Aprender a hacer esa selección no es frialdad, es autoconsciencia. Con el celular en las manos, esos acercamientos se volvieron más difíciles de escapar, pues recibimos mensajes incluso fuera del horario de trabajo, con las conversaciones profesionales invadiendo nuestro ocio y descanso. Por esa razón, debemos hacer selecciones conscientes, priorizando lo que y a quien sea realmente relevante.
Cuando llegué a la metáfora del océano y de los navegantes para el título de este texto, pensé también que la gestión del tiempo y de las tareas está representada en los mares, en deportes como la vela. Ganar una regata requiere regularidad y consistencia para cumplir planes estratégicos, al mismo tiempo que se exige resiliencia y flexibilidad para lidiar con los imprevistos. Es necesaria conciencia para entender el momento de tomar el control o de adaptarse a las inclemencias, dejando que el viento lleve, o incluso aprovechar la marea.
Los surfistas profesionales tienen un tiempo máximo para elegir las mejores olas; no se pueden surfear todas. Una ola gigante como las de Nazaré puede penalizar tu error con una consecuencia irreversible, especialmente si esa ola es una acumulación de problemas amontonados. Planificación, estrategia, intuición y entrenamientos para ejecutar las maniobras son tareas ante la cuenta regresiva.
Liderazgo, workflow y planificación anual
Todo es tiempo. Ninguna ola sería tan grande y peligrosa con más planificación, con soluciones implementadas en el timing correcto. Sea para evitar el tsunami, sea para surfear olas gigantes con seguridad, necesitamos trabajar con anticipaciones. Los procesos y workflows son útiles hasta para abandonar los puntos impracticables de una planificación bonita en la teoría. No es posible dejar todo para última hora y esperar resultados excelentes. Hasta la improvisación, que no debe ser regla, necesita base para ocurrir.
La cinta en la que caminan los liderazgos nunca anda despacio. Los líderes son accionados por los liderazgos superiores, por objetivos distintos y por la interfaz con otras áreas, al mismo tiempo que lidian con plazos cortos y altas demandas de sus liderados. Sin una gestión efectiva del tiempo, se corre el riesgo de no hacer las cosas de forma eficiente, o simplemente dejar de hacer. Hay un riesgo real de volverse un líder omiso. Un líder que no participa, no acompaña, no capacita a sus liderados.
Es ahí donde entra la inteligencia emocional, pues el líder necesita entender el escenario, decidir el momento correcto de entrar al mar. El líder que gestiona su tiempo puede todavía estar en la arena, pero sabe que, cuando entre al mar, va a quedarse ahí un cierto tiempo. Parte de ese tiempo en lo bajo, parte en lo profundo. Los imprevistos formarán parte y estar preparado es fundamental. Es preciso calcular qué hacer si necesita quedarse más tiempo, gastar energía en otras cosas. Para generar su propio framework y tener una base estable para las inclemencias, el líder necesita entender su misión, prioridades, objetivos generales y específicos, expectativas de los niveles superiores. El framework necesita además responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo esto se vuelve operación? ¿Cómo se vuelve proceso, día a día, comunicación, planificación, implementación, capacitación? ¿Cómo distribuir el propio tiempo de acuerdo con ese ecosistema?
O incluso, lo que es más relevante: ¿Personas? ¿Cultura? ¿Cuánto tiempo debe ser donado para eso? ¿Cuánto tiempo gastar en estrategia? ¿Cuántas reuniones son realmente eficientes? ¿Cuántas puedo delegar y a quién?
Veo la figura del líder casi como alguien en un observatorio, mirando por el catalejo, estudiando los movimientos celestes. De ese estudio, parte la lucidez de entender lo que, dentro de las prioridades, es viable y alcanzable, si existe un camino rastreable hasta allá. Cuando no todo el guion del año sea posible de cumplir, ¿de qué puedo prescindir, tanto en la planificación personal como en la profesional? Hay más ítems opcionales de lo que imaginamos y las cosas realmente indispensables pueden dejar otros planes atrás. Y está bien.
Lo importante es que, al final del año, prevalezca la siguiente sensación: “Logré hacer apenas el 50% de lo que quería, pero aquel 20% crucial está entregado”.
Ese es el mínimo aceptable en una buena gestión del tiempo, tanto personal como profesional. Si diez de 20 ítems previstos para el año son entregados, está óptimo, siempre que los ítems entregados mantengan todo pulsando. El resto puede quedar para el próximo año, pero siempre con visión de estrategia, táctica y operación. Cada una de esas etapas exige tiempo dedicado. Dar los primeros pasos es fundamental, justamente para no quedarse parado, aunque otras prioridades se muestren más urgentes.
Sin tiempo para el autoengaño: inteligencia emocional y verdad personal
La inteligencia emocional y el autoconocimiento nos alejan del autoengaño. Es preciso entender con madurez cuál es nuestra verdad personal y percibir que no somos Superman ni la Mujer Maravilla, no podemos hacer todo bien hecho al mismo tiempo, y menos aún todo el tiempo. Podemos estar vulnerables en muchos momentos. El tiempo es un espejo de las relaciones humanas y actúa como aliado cuando percibimos cuántas personas son verdaderas dentro de las propias convicciones y cuáles de ellas logran permanecer éticas y fieles a sus principios cuando son colocadas en situaciones adversas. Si necesito ganar más dinero, pero para eso necesito corromper mis valores, ¿vale la pena gastar mi tiempo en ese lugar, en esa función?
Los líderes son blancos frecuentes de halagos y autoengaño por parte de quien quiere ser promovido y recurre a comportamientos artificiales. Un líder emocionalmente maduro sabe cuándo alguien se acerca por interés y cuándo esa persona no está enfocándose en sus propias atribuciones. Un líder vanidoso o soberbio puede ilusionarse.
Sobre esto, comparto un aprendizaje sobre tiempo y foco: hacer una cosa bien hecha, todos los días. Quien mantiene esa constancia, en algún momento, será promovido, y si no lo es, entenderá que aquel lugar no es para sí. Mejor aún si aprovechó su tiempo en la casa para perfeccionarse, invertir en su expertise. Esa persona no pierde nada, quien pierde es la empresa. Es la empresa la que desperdicia su tiempo con halagos. Un líder fácilmente inducido al autoengaño no logra montar un equipo de alto desempeño porque está siendo corrompido por alguien que, paradójicamente, tiene más inteligencia emocional que él. Mientras tanto, otras personas, más preparadas, pueden sentirse injusticiadas y salir.
Un líder necesita saber separar emociones para ser asertivo. Puede ser humano, vulnerable, distender una conversación, pero no puede perder la autoridad del lugar de habla. No puede descaracterizar quién es y la posición que ocupa. El favoritismo es una falta de respeto con el tiempo de todos. Quien queda en el medio pierde pertenencia a la cultura y pasa a ser adverso al liderazgo, actuando con tolerancia, pero sin compromiso real. Esto frecuentemente no se recupera conforme pasa el tiempo.
”Debía haberme preocupado menos por problemas pequeños…”
El tiempo es vida. En la película “In Time” (2011), el personaje Will Salas, interpretado por Justin Timberlake, literalmente se vuelve un “contador del tiempo”. En la trama, el tiempo sustituye al dinero y hay una alegoría sobre trabajo, ética, clases sociales. Las personas dejan de envejecer a los 25 años y pasan a tener un reloj en el brazo que muestra cuánto tiempo de vida les queda todavía. Trabajar es ganar tiempo. Gastar es perder tiempo. Cuando el contador llega a cero, la persona muere. Will Salas empieza con poquísimo tiempo de vida, pero pasa a circular entre clases sociales radicalmente separadas por el “saldo de vida”. Los ricos tienen siglos, pues logran comprar el tiempo; los pobres viven al día, siempre corriendo contra el reloj. La película trae la metáfora perfecta sobre aquello que el tiempo compra: calma, lucidez y libertad de decisión. En el límite, el tiempo es el bien más escaso en la ley de la oferta y la demanda, su precio es alto.
El ahora es vida, el hoy también; así como el aire, la salud física y nuestra energía. Donde ponemos energía, también ponemos tiempo. La energía eólica, por ejemplo, es generada por el viento, un bien invisible. Sin embargo, podemos ver las aspas giratorias y beneficiarnos de modo tangible de la energía generada por el aire en movimiento, de modo repetitivo y consciente. ¿Adónde va la energía que producimos por el simple hecho de pensar, de preocuparnos, de vivir acorralados por tanta ansiedad, estrés, burnout? Necesitamos tomar control de nuestro tiempo con la claridad que solo la inteligencia emocional puede traer. Todo esto para no ser víctimas del síndrome de “Epitáfio”, la letra de la canción de los Titãs que dice: “Devia ter complicado menos/ trabalhado menos/ ter visto o sol se pôr” (“Debía haber complicado menos/ trabajado menos/ haber visto ponerse el sol”). Llegar a cierta edad, o ya al final de la vida, y darse cuenta de que el tiempo pasó y no realizó sus sueños, no salió de estancamientos, no cambió lo que podría haber cambiado.
Independientemente de las limitaciones y obstáculos, somos autores de nuestras vidas y debemos responsabilizarnos por las consecuencias de nuestras acciones e inacciones. El tiempo existe, pero nosotros existimos en el tiempo. Es en el ahora, en el hoy, que las elecciones realmente ocurren. Son las decisiones conscientes del tiempo presente las que determinan los frutos que cosecharemos en el futuro. Solamente la inteligencia emocional nos permite estar en el control, entender el ritmo, ajustar la ruta y navegar de forma consciente, en vez de apenas ser llevados por las corrientes. Los aprendizajes solo se consolidan después de muchos intentos, errores y correcciones. Y cuanto más temprano aprendemos con ellos, más tiempo tendremos para acertar. Todavía hay tiempo, siempre que haya conciencia. Que esta reflexión siga con nosotros por el 2026 que se aproxima, y que aquello que no realizamos en 2025 no se transforme en culpa, sino en motor para elecciones mejores, más intencionales y para nuestro éxito personal.